40 miradas sobre el libro y su futuro – Antonio Basanta Reyes

Debido a su interés, incluimos el cuarto texto de ‘40 miradas sobre el libro y su futuro‘.

40 miradas_portada


 

Del amigo y del amado

Antonio Basanta Reyes

Cualquier forma de elogio al libro lo es, a su vez, a lo mejor nuestro hacer civilizatorio. Tal vez porque la materia básica que contiene sea, sin duda, la más preciada de las creaciones humanas: la palabra.

Esa es la potencia sustancial e incomparable del libro. Esa, la fuerza felizmente incontenible de la lectura, siempre más afín a la verdad que a la impostura, más próxima a la claridad que al ocultamiento, más cercana al vuelo de las palabras abiertas que a la esclavitud de las palabras fósiles, impuestas, unívocas, inamovibles.

Fomentar y favorecer la mayor difusión del libro, la continuada promoción de la lectura, es realmente apostar por un modelo de convivencia que contenga los verbos fundamentales que hacen del libro y la lectura una de las más afortunadas simbiosis de nuestra existencia.

Porque leer no es sino observar, atender, escuchar (¡cuánta necesidad tiene nuestra sociedad de escucha, de atención, aquella que, para Simone Weil, es «la principal de las virtudes»!).

Leer es, a su vez, interpretar, en ese juego fascinante que nos permite ir del mero rasgo formal, del puro trazo del signo, al primer atisbo de significado, aún no esclarecido, pero suficientemente presentido ya. («Leer es encontrar algo que va a existir». Italo Calvino).

Leer es también comprender, que es mucho más que entender, prodigioso juego y conjunción de nuestras inteligencias soberanas: razón, emoción, imaginación e intuición, desde las que lograr esa comprensión que sirva de nutriente a la inteligencia suprema, la inteligencia ejecutiva («La mejor característica de un libro es que provoque reacciones en el lector y le impulse a actuar». Thomas Carlyle).

Lees es igualmente recrear, que no hay lectura ni libro que no supongan un permanente ejercicio de creación, de literal resurrección, tan personal, tan íntima, que no hay ni dos lecturas iguales, ni dos lectores iguales. Y, del mismo modo, el libro tampoco es siempre idéntico, pues lo construye el propio lector cada vez que a él acude. («La mitad del libro la escribe el autor; la otra mitad le corresponde al lector». Joseph Conrad).

Leer es etimológicamente elegir, y por ello, seleccionar del texto propuesto aquello que, a veces como un resplandor, a veces como un eco necesariamente oculto, cada lector libremente escoge. («Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre». Ricardo León).

Leer es asimilar, es un ejercicio de incorporación que convierte lo leído en material privilegiado de nuestra memoria y, por ello, de nuestra vida. («El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo». Gustavo Adolfo Bécquer).

Y finalmente leer es compartir. Desde su propia génesis, libro y lectura no son sino un modo extraordinario de experiencia compartida —la del autor con sus texto, la del texto con el lector, la del lector con otros lectores—… («La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta». André Maurois).

«Sabes que has leído un buen libro cuando, al cerrar la tapa, después de haber leído su última página, sientes como si te despidieras de uno de tus mejores amigos» escribe Paul Sweeny. Pero, ¿realmente los libros finalizan cuando llegamos a su final? ¿O,  por el contrario, su latido nunca se extingue, flanqueando de continuo nuestras vidas, eternos compañeros felizmente inseparables?

¿Será esa la razón por la que, de los autores que ya no nos acompañas solemos hablar en pasado, en tanto que sus personajes siguen siendo para nosotros palpitantes criaturas cargadas de presente. Decimos: «Cervantes escribió». Y, de inmediato: «Alonso Quijano cuenta…».

Libros que nos acogen. Libros que nos reclaman. Libros que nos iluminan. Libros que nos revelan y desvelan. Libros que, sin conocernos, son nuestra propia biografía. Libros que nos evaden. Libros que nos provocan, que nos conmueven, que nos reconcilian, que nos llevan de la calma a la zozobra. («Un libro debe ser como un rompehielos para penetrar en los mares congelados de nuestras almas». Franz Kafka).

Libros sin los que vivir se queda corto, escaso, estérilmente infecundo.

Libros amigos. Libros amados.

Todo a ellos se lo debo porque todo en ellos hallo: mi carta de navegación, mi sextante, mi brújula vital… Mi siempre añorada Ítaca.

40 miradas sobre el libro y su futuro
Edición de José Manuel Delgado y Manuel Suárez
Ediciones de la Torre

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