jun 202012
 

Reencuentro literario con el pequeño de los Machado

LA POESÍA DE FRANCISCO VE LA LUZ A LOS 62 AÑOS DE SU MUERTE

Tereixa Constenla

En 1939, como pudieron, todos los hermanos Machado cruza­ron la frontera hacia el exilio con la excepción de Manuel, atrapado el 18 de julio de 1936 en la estación de Burgos aguardando el tren de las ocho que jamás llegó a par­tir, encarcelado y finalmente forzado a vender su alma. Francisco, el menor, pasó a Francia con su esposa y sus tres hijas en fechas y lugares distintos de sus hermanos Antonio, José y Joaquín. Se habían visto por última vez en Cataluña, etapa final de las sucesivas evacuaciones de la saga durante la guerra.

Francisco, un director de prisiones seguidor de Con­cepción Arenal y de su máxi­ma “odia el delito y compade­ce al delincuente”, había si­do trasladado conforme la República se replegaba para permanecer junto a su fami­lia. Parecía tan destinado al destierro como los demás. Ocurrió algo que lo impidió. Mercedes Martínez, su espo­sa, le convenció del sinsentido de la huida. Si nada malo había hecho, nada malo po­dría ocurrirles. Una reflexión re­petida por miles de republica­nos que se dieron media vuelta al llegar a Francia. A algunos les costó carísimo. Francisco Ma­chado estuvo a punto de ser uno de ellos. “Al cruzar la frontera de vuelta a España, amenazaron con meter a mi padre en un campo de concentración y  mi madre se puso como Agustina de Aragón”, revive su hija Leonor Machado en su casa de Madrid.

El director de prisiones evitó la cárcel, aunque no la sospecha. Las nuevas autoridades franquistas le sometieron al es­crutinio que aplicaron a todos los empleados públicos para ex­tirpar de la administración cual­quier signo hostil. “Como no ha­bía tenido responsabilidades po­líticas le permitieron volver a prisiones, aunque ya no como director”. Leonor recuerda de su padre la bondad, una cuali­dad de otros Machado, que Anto­nio glorificó en un verso auto­biográfico. A pesar del cambio de régimen, cuya política peni­tenciaria juntaba el hisopo con la violencia, el funcionario de prisiones siguió fiel a sus principios. Tratar a los reclu­sos con respeto le ahorró dis­gustos: unos presos cambia­ron la fecha prevista para su fuga para no perjudicarle, ya que estaba de guardia el día elegido.

Francisco Machado pagó algunos peajes por su apelli­do. Nazcas donde nazcas, ser el pequeño lleva acarrea­do alguna losa. En casa de los Machado también. Naci­do en Madrid en 1885, cuan­do a Francisco le llegó el tur­no para estudiar, el dinero de la familia ya no daba más de sí. Para sacar adelante la carrera de Derecho, tuvo que ponerse a trabajar. Pero sin duda el mayor condicio­nante que recibió fue el de tener inclinaciones poéticas al tiempo que un hermano llamado Antonio, poeta-mito del siglo XX, y otro llamado Manuel, más oscurecido por razones políticas que por falta de cualidades literarias. No hu­bo recelos ni pesares, según su hija. Francisco recitaba los poe­mas de sus hermanos por los pasillos de su casa, aunque no delante de Antonio, que odiaba que declamasen sus versos. Para escribir buscaba a diario la privacidad de un café. No se sintió intimidado por el lustre de sus hermanos, pero lo cierto es que jamás publicó sus poemas, aunque sí una obra sobre leyendas toledanas. Se han necesitado 62 años y el empeño de su hija, Leonor, para reunir sus principales escritos en un pe­queño volumen, Obras escogi­das, publicado por Ediciones de la Torre. “Se lo debíamos”, afir­ma Leonor, que prologa el volu­men.

“Al lado de sus hermanos es un poeta menor, pero no deja de llamarse Machado. Y tiene algunas obras en los Pensamientos que podrían haber sido escritas por Antonio”, comenta el editor José María Gutiérrez de la Torre.  “Para Antonio y Manuel la literatura era un medio de vida, se sentían escritores profesionales. Mi abuelo, sin embargo, escribía lo que le daba la gana y cuando le daba la gana, es más irregular que sus hermanos, tiene algunos poemas fantásticos y otros menos”, compara su nieto, Manuel Álvarez Machado. Quizá esa irregularidad la explique el mismo Francisco con sus versos: “Soy mi mayor enemigo, / porque lo es mi fantasía, / y esa siempre va conmigo”.

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