abr 152011
 

En el número de abril de la revista de pensamiento Claves de la Razón Práctica, dirigida por Javier Pradera y Fernando Savater se incluye la traducción de un interesante artículo del editor Jason Epstein titulado «La revolución digital del libro», aparecido en el New York Times Review of Books. Jason Epstein fue una de las figuras centrales de la editorial Random House en los años 60 y autor de un famoso libro en torno a la edición, La industria del libro.

El hilo conductor del artículo es una recensión de un libro del sociólogo inglés John B. Thompson con el sugerente título Merchants of Culture: The Publishing Business in the Twenty-First Century. En este extenso artículo, Epstein repasa la historia reciente del mundo editorial, su experiencia en Random House y el momento crítico actual de la aparición de la edición electrónica y se posición respecto a la edición tradicional.
Del artículo extraemos un párrafo que nos parece revelador:

«Lo que yo creo es que el futuro digital en que cualquiera puede convertirse en autor publicado se separará en las dos vías conocidas: una vía estrecha hacia mayor variedad multilingüe, especificidad y calidad en general, y una vía más ancha y descendente hacia mayor banalidad e incoherencia, mientras que la sabiduría colectiva de nuestra especie, el crítico infalible, seguirá conservando lo esencial y con el tiempo irá desechando el resto.»

  No Responses to “Jason Epstein sobre el libro electrónico”

  1. Actualmente vivimos la toma de consciencia de que los recursos energéticos fósiles, pero también otras fuentes de energía no renovables como el urano, no son inagotables. Lo mismo ocurre con materias primas necesarias a la electrónica moderna como el coltrán y demás “tierras raras”. Se trata de recursos naturales cuya extracción y utilización dejan, además residuos peligrosos para el medio ambiente y, directamente, para el ser humano.

    Sin embargo, ¿cuál es la última gran invención, que sus fabricantes, vendedores y promotores nos presentan como imprescindible y fabulosa? ¡El libro electrónico! Tratan de imponernos así la manera non plus ultra de practicar una de las más viejas y sencillas actividades de la civilización: leer. Así que, desde hoy mismo, nada de gastar la simple energía de nuestros dedos y la aptitud de nuestra vista para pasar las páginas. ¡Hay que modernizarse, hay que disponer de un reader-book (¿acaso podía tener nombre en español algo tan moderno?)! El instrumento es caro y funciona con electricidad, corriente o proporcionada por una batería (pesada, poco durable y contaminante), pero el progreso tiene su precio, ¿no? Así que adiós el obsoleto libro impreso, con su escaso consumo de materias primas no renovables (el papel es esencialmente pulpa de madera, tomada de árboles de crecimiento rápido como el pino, y el agua, la energía y los químicos que exige su producción son bien razonables… y reducibles gracias al sencillo reciclaje de papel).

    ¿Y cuál es el principal y contundente argumento en favor del soporte de lectura caro al hombre moderno? Su capacidad para contener decenas, cientos quizás, de obras; cuya renovación será, además permanente. Basta de enojosas estanterías, que nos privan en el salón del espacio indispensable para la ancha pantalla del home-movie (otra genial invención de nombre debidamente anglosajón) y bienvenido el libro que podrá realizar la cuadratura del círculo vicioso: más y más títulos descartables… Porque lo que cargan y descargan en sus tabletas de lectura los norteamericanos (primeros conumidores planetarios de e-books) son esencialmente best-sellers: novelas del verano, manuales de autoayuda, biografías de estrellas (fugaces), etc.

    Por supuesto, los diccionarios, enciclopedias y obras científicas y divulgativas ganarán con la edición electrónica, pues requieren de continua actualización, y estoy entre los que ya acuden a la información en línea para documentarme y comunicar… Pero lo cierto es que el libro electrónico no ha sido concebido para eso, sino para consolidar las prácticas neoliberales que infectan e infestan la producción editorial desde finales del primer milenio. La irracional carrera en pos de las “novedades” acorta hoy, de manera antinatural, la vida de cada título… el cual se ve substituido pour un mero clon o, peor, por sucedáneos que no tienen otra virtud que ser una “novedad” (de inventario, que no estética). Este mundo novelero (que no novelesco) que nos proponen, es ecológicamente insustentable e intelectualmente insubstancial. Lo era ya el vaivén de libros impresos prescindibles y volátiles como “la canción del verano”, pero lo será todavía más en la vorágine virtual de ediciones y libros electrónicos que se nos viene encima.

    ¿Quién gana con todo esto? ¿El lector voraz y un poco indeciso que podrá irse de vacaciones con quince y no con uno o dos libracos para desconectar durante el verano? ¿El estudioso que podrá continuar consultando la bibliografía para su tesis durante un viaje?… No, esos son afortunados colaterales; el que de veras ganará con todo esto es el nuevo rey del neo-mercado: el intermediario… que gana más que el productor –agricultor o escritor y hasta editor, da lo mismo- hinchándose los bolsillos gracias al “valor añadido” en su lleva y trae, en su quita y pon etiquetas y que vende monopolísticamente: distribuidor o dueño de hipermercados (que los productos culturales y de entretenimentos también tienen sus grandes playas de desembarco).

    El concepto de libro con fecha de (rápida) caducidad se ajusta –como su funda a la tableta de lectura- perfectamente al libro electrónico: objeto pensado por su alta capacidad de almacenaje y renovación de “contenidos”.

    El capitalismo neoliberal y la economía del desperdicio saben muy bien hacer esto: fabricarnos la necesidad del producto antes de fabricar el producto mismo: Tengamos todos libros electrónicos para poderlos cargar con títulos insubstanciales cuya adquisición nos pesará menos puesto que será tan fácil borrarlos de la memoria (de la nuestra y de la memoria del e-book).

    Porque de lo que se trata es de aumentar la producción de títulos descartables ya que… ¿Quién se anima a tirar un contundente Quijote, Hermanos Karamazov o Cien años de soledad, bellamente impreso si el caso? En cambio, tirar La insustancial Nadería de Don Pepe Nicuenta para cargar un nuevo tomo de Se te olvida si estornudas, de Mike Anything, resultará perfectamente natural y hasta gozozo. ¿Cuánto se apuestan a que la tecla “delete” de los libros electrónicos será grande y ergonómica?

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