sep 012017
 

Nueva reseña de Mi nombre de agua, esta vez en la Revista Literaria Voladas en su número 10 (¡Muchas gracias!):

«Marina Casado es visceral en sus planteamientos artísticos, ahora bien, no pierde la reflexión y la serenidad al abordar sus textos poéticos. Se maneja con destreza creando una voz personal teniendo, como tiene, un anclaje claro en la tradición. [...]

Aprovechando su nombre de pila como leitmotiv, son numerosas las referencias marinas que estructuran el poemario en idas y venidas, subidas y bajadas de la marea, retornos y fugas. El agua trae y se lleva recuerdos y permite la huida, como la fuga de sí misma, tema también abordado en su primer poemario.» Javier Gallego Dueñas

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MiNombredeAguaCUB(MOD4)

Os dejamos con uno de los poemas que se incluyen en su libro. ¡Esperemos que os guste!

I. TECHNICOLOR
Tantas veces he deseado
colorear el día en blanco y negro,
vestir con una gabardina
y cortar mi melena a lo garçon,
fumar un cigarrillo largo
dirigiendo mis ojos al vacío
y derretirme inevitablemente con un blues.
Y si te atreves a romperme el corazón,
desenfundo un revólver
y te apunto con una sonrisa encantadora
que hace que te tiemblen las rodillas.
Me pintaré los labios de carmín
por si a Paul Newman se le ocurre
regresar de repente
gritándome que salte del tejado
—pero resistiré; siempre resisto—,
y mientras tanto me habrás buscado inútilmente
en los pasillos laberínticos
de Manderley, por los que merodea
el fantasma dorado de un viejo amor.

No creas nunca lo que te digo.
Cierro los ojos y me parece oír
el crujido escalofriante de una mecedora,
y fuera hay alguien
que tira piedras contra mi tejado
—el mismo por el que tendría que saltar—.
En días rojos como éste
hasta los gatos más osados pierden su nombre
si te miro a través de mis infranqueables Ray-Ban,
y ni siquiera la falda de una distraída Marilyn
lograría robarme tu atención.
Pero me aburrirás si no me pides matrimonio
a lomos de un descapotable
con rumbo desbocado hacia Las Vegas,
aunque después trates de asesinarme cada noche
cuando me dejes una taza de leche al lado de la cama
y un casto beso en la mejilla
ante el que el propio Hays sonreiría.
En el momento menos esperado
probarás la estricnina mezclada con el whisky
—hay formas más sutiles de buscar una muerte
que derramar la sangre en el diván de terciopelo—
y cuando nadie me vigile
bajaré muy despacio la escalera
para enterrar tu cuerpo en el jardín
—siempre esperando no ser el objetivo
de la mirada histérica de algún vecino ocioso—.
No creas nada de lo que te digo.
Al final de la historia
soy otra vez la chica enamorada
que regresa de noche a aquel café
—Rick’s, si no me equivoco—
a degustar las sombras
soñando con que alguien toque de nuevo
la vieja melodía que jamás nos perteneció.
Algo en el aire alcoholizado me susurra
que nunca llegarás,
porque nunca has estado,
porque tal vez no has existido
—no, al menos, para mí—
o existas en aquella otra dimensión
en la que una mujer que no soy yo
te arranca besos
—esta vez, sí, dignos de censura—.
Aparecen los créditos que me taladran
de realidades quietas
en las que no soy más que mi propia espectadora
en un mundo mediocremente colorido.

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