jul 092013
 

Sentado en el marco de la puerta del balcón, Álvaro miraba las baldosas rojas. Últimamente padecía insomnio y no tenía sentido echarle le culpa a Laura. Cuando rompieron, y de eso hacía ya casi tres años, no le había dolido, sino más bien al revés.
Se habían despedido con un beso en la boca, como de costumbre, quizás algo más brusco de lo habitual, también algo más intenso, un beso que Álvaro había guardado en los labios durante varios días, quizá varias semanas. Luego los labios habían recuperado su forma y ahora, contemplando las baldosas sentado, le resultaba difícil revivirlo. Su madre había quitado las macetas porque decía que le quitaban demasiado tiempo y la barandilla, limpia, parecía encerrar entre rejas a las casas vecinas. Pensaba que el aire fresco de la noche le ayudaría a recrear la atmósfera y así podría evocar -o convocar- la humedad blanda de su boca, el roce de su piel, su mirada evasiva. Creía que si lograba asir aquel instante sería luego capaz de recordar la forma de su cuerpo, sus gemidos, las rodillas saltando como resortes, la tensión de sus piernas. Y así, paso a paso, pensaba que podría recuperar aquella esfera perfecta de amor y deseo.

No le había importado que ella le dejase, ni siquiera le habían dolido sus palabras verdáceas, rencorosas. Tenía razón al quejarse, él le había hecho daño a conciencia, incapaz de dejarla pero anhelando ser libre. Para sus diecinueve años sin recorrer, Laura era un estorbo. Y sin embargo, no podía olvidarla.
“Laura”, por un instante su nombre había resonado de un modo especial, había visto su rostro algo borroso pero con su expresión límpida y asustada, seria y con la boca ligeramente abierta, el pelo liso alejado de la frente, sujeto con un pasador; los hombros despejados y la espalda cubierta por la melena castaña. Pero no la pudo conservar. Cerró los ojos de nuevo tratando de verla, pero se había evaporado.
Empezó a llover. Las gotas brillaban sobre el suelo rojo. La hierba mojada olía mejor, pero le gustaba el repiqueteo del agua sobre las baldosas. Tendría que entrar en la habitación, no fuera que su madre encontrara el suelo sucio o restos de barro en las zapatillas. Aunque no podría dormir, esperaría acostado hasta que sonase el despertador para ir a la facultad. Cerró los ojos de nuevo, alzando la boca hacia la lluvia mientras se levantaba. “Laura”, “Laura”, seguía confiando en el poder de aquel nombre para recuperar el pulso de la sangre. De nada servía. Entró en su cuarto tratando de no hacer ruido y cerró el balcón. Las sábanas aún estaban calientes cuando se metió de nuevo en la cama.
Su relación con Laura no había sido un verdadero éxito. A veces, cuando estaban solos, se aburrían. No se habían contado muchas cosas y, por eso, a menudo no tenían de qué hablar. Ella le reprochaba que prestaba más atención a sus amigas, que apenas le hacía caso cuando salían en grupo. Y era verdad, a él le gustaba despertar el interés de otras chicas y, por otra parte, las opiniones de Laura no le importaban demasiado. No es que ella no tuviera sus ideas, pero las defendía con tan escaso empeño que parecían banales. Y, sin embargo, cuando estaban solos, sus frases musitadas le llegaban nítidas y transparentes. A veces a ella le daba por hablar y a él le resultaba incómodo. No sabía cómo responder cuando ella iniciaba su discurso. Álvaro no sabía discutir en voz baja, necesitaba un público.
Tal vez si tuviera una fotografía suya las cosas serían más fáciles. Habían salido varias veces de excursión, pero era ella quien se había quedado con las fotos. Él no les daba importancia. Nunca pensó en hacer copias.
Un domingo de verano habían llegado caminando hasta la laguna de Peñalara. Era temprano y todavía había pocos excursionistas. Dejaron las mochilas en el suelo y se acercaron al agua que, quieta, reflejaba perfectamente sus figuras.
- ¿Y si yo fuera sólo ese reflejo? – le había preguntado Laura.
El no supo que responder y dejó que ella siguiera hablando.
- Entonces no te sentirías atado. Podrías venir a verme cuando quisieras, pero yo no podría ver lo que hicieras con otras chicas. Podrías salir con ellas y seguir teniéndome de novia.
Álvaro buscaba palabras para convencerla de que no quería salir más que con ella, pero las mentiras no brotaban de su boca en aquella mañana clara junto al agua cristalina. Antes de que empezara a hablar Laura se había zambullido en la laguna.
Álvaro tuvo el tiempo justo de ver su cuerpo hundirse y las aguas revolverse desfigurando su imagen. Gritó su nombre con miedo pero las aguas volvieron a la calma y Laura había desaparecido.
Enseguida Álvaro también se sumergió en el lago. Buceó unos minutos sin encontrarla y salió a la superficie para tomar aire. A lo lejos, Laura le hacía gestos con los brazos y sonreía. Cuando salieron a la orilla los mechones mojados caían sobre el rostro de Laura, haciendo caso omiso del pasador, su rostro se había sonrosado por el frío y el esfuerzo, y había gotas de agua en sus párpados y en sus mejillas. La camiseta blanca se ajustaba a su cuerpo y con su nueva transparencia dejaba adivinar la forma de su sujetador y el color de sus hombros. La abrazó con fuerza recorriendo con furia su cuerpo con las palmas de sus manos y descubrió que la angustia del deseo era aún más hiriente que la del temido suicidio de Laura. Ella se desprendió bruscamente de él y empezó a arrojarle riendo agua fría en el pecho y en el rostro.
Había pasado el tiempo y, desde entonces, había salido con varias chicas. No era demasiado guapo ni destacaba en estatura, pero era zalamero y se mostraba confiado. Le solían encontrar atractivo. Le habían halagado la sonrisa, un poco pícara, un  poco ingenua, que él cuidaba con dedicación. Pero no recordaba a ninguna. Es decir, claro que las recordaba, sabía sus nombres, sus teléfonos, a algunas solía encontrárselas en las discotecas, pero no tenían cuerpo, ni olor, ni un hogar en su memoria.
Una tarde, volviendo de la facultad en autobús había visto un abrigo parecido, un cuerpo parecido, una forma similar de agarrarse. Se había estremecido y había tratado de acercarse a ella a costa de empujar a quien fuese. Se le pegó a la espalda, olió su pelo y supo que no era Laura. La chica sacudió molesta su cabello contra el rostro de él. Aún así, quería verla. Tal vez Laura hubiese cambiado de champú y hubiera decidido abandonar el pasador, dejando que el cabello le ocultase la cara para poder, de ese modo, apartarlo sensualmente o sacudirlo, como acababa de hacer. No había conseguido ver más que el centelleo de un perfil al bajar los peldaños del autobús. La vio alejarse. No eran los andares de Laura, pero se parecía tanto.
Se preguntaba si le gustaría volver a salir con ella. Una vez la llamó por teléfono con el propósito de oír su voz. Pero no tuvo fuerzas para esperar. Al tercer pitido había colgado, aunque tardó en soltar del todo el auricular, como si aún fuera posible escucharla. Había tratado con ahínco de recordar el timbre de sus frases, con la mano sobre el teléfono, dudando si volver a marcar el número. No llamó. Cómo estar seguro de querer volver a ver a alguien si se ha olvidado el rostro, si la voz ha enmudecido… cuando sólo queda un nombre. Si él supiera cómo pronunciarlo, cómo dar vida a las sílabas resecas. Habían marchitado ya antes de que se separaran. Pero sabía que había estado enamorado. Echaba de menos las palpitaciones del corazón, las erecciones frenéticas, el llanto a flor de cristalino, la risa ansiosa en el paladar, las manos libres, desacatando su voluntad, entregadas a ella.
No había vuelto a estar enamorado. La razón se había apoderado de su voluntad y había cerrado la puerta a las pulsiones oscuras e impenetrables de su adolescencia. Ahora era capaz de comparar a una chica con otra, sabía por qué una le gustaba más y otra menos, qué cualidades convertían a una en una agradable compañía. Era como leer un poema cuando se han leído cientos, pero Laura había sido su primera y más excitante lectura.
La lluvia seguía golpeando los cristales de las ventanas. Se fijó en las gotas que, después del golpe, bajaban chorreando hacia el marco de madera. Siguió observándolas hasta que el rostro de Laura se dibujó en el cristal, con los mechones de pelo empapados y las gotitas de agua brillando sobre su rostro enrojecido. Su ropa era la misma que la de aquel domingo lejano en Peñalara. Se incorporó en la cama y dio la luz. Como era de esperar, el rostro se había esfumado. Sobre la mesita de noche el reloj marcaba las cinco y cuarto. Al día siguiente tenía que ir a clase, pero Álvaro salió de la cama seguro de que Laura le esperaba en la laguna. Se puso un chándal y bajó del altillo del armario las botas de montaña que ya apenas utilizaba. Cogió de la cocina varias frutas, pan de molde y una caja de quesitos y lo metió todo en el macuto. Escribió una nota a su madre diciéndole que se había marchado a hacer footing antes de ir a la facultad y la dejó sobre su propia mesilla. Luego salió de casa y cerró la puerta tratando de hacer el menor ruido posible.
Le sorprendió advertir que en el metro había ya bastante gente. Cuando llegó a la estación de Atocha había dejado de llover. Tuvo que esperar casi una hora a que llegara el tren de Cercedilla. Vio amanecer desde la ventanilla del tren y, para cuando llegó a su destino, el viento había arrastrado la mayor parte de las nubes y un sol de verano se elevaba lentamente sobre las montañas. Desde Cercedilla hubo de coger otro tren y llegó por fin a Cotos a las ocho menos cuarto. Todavía le quedaban dos o tres horas de caminata. Era un martes y los estudiantes aún no habían empezado las vacaciones, por lo que desde el sendero no se veía a nadie.
Cuando llegó a la laguna dejó la mochila en el suelo y se acercó a la orilla. Observó unos minutos el agua cristalina hasta que, tal como había esperado, el reflejo de Laura se dibujó en la superficie. Álvaro se volvió creyendo que la encontraría a su lado, pero ella no estaba. Volvió la vista al lago. Desde abajo ella le miraba, tenía un rubor en las mejillas y su boca sonreía. Álvaro la miró a los ojos y se arrojó sin pensarlo para abrazarla.
Cuando despertó estaba tumbado en una habitación en penumbra. Pronto se dio cuenta de que no era una verdadera habitación, sino una tienda de campaña y notó que un par de piedras se le clavaban en la espalda. Lo último que recordaba era el reflejo de Laura sobre las aguas del lago. Al cabo de un rato, escuchó el ruido de la cremallera al abrirse y la luz le obligó a entrecerrar los ojos y desviar la vista hacia el interior de la tienda. Pero pudo ver a una chica esbelta entrando. Volvió la vista hacia ella que cerraba la tienda desde dentro para que la luz no siguiera molestándole. Una melena rizada y cobriza le cubría los hombros y lo alto de la espalda. Se giró hacia él y le preguntó:
- ¿Te encuentras bien?
Su boca era grande y creyó adivinar unas pecas junto a la nariz y bajo los ojos. Su ropa y su pelo aún estaban mojados.
- ¿Me sacaste del agua? – preguntó Álvaro.
- Pues sí. Mis amigas y yo estábamos desayunando fuera de la tienda cuando te vimos echarte al agua. ¿Qué andabas haciendo?
Álvaro sintió que todo su cuerpo se embravecía. Por fin el recuerdo de Laura apareció con toda viveza en su mente, pero su rostro ahora tenía la boca grande y su lisa cabellera se había vuelto hirsuta y anaranjada.
- Te estaba buscando.

  8 Responses to “El reflejo del agua”

  1. bueno bueno, evocador del amanecer limpio en Peñalara, de la juventud adolescente, de la esclavitud de los recuerdos, de los impulsos y casualidades… enhorabuena. JR

  2. Pues si señora, el cuento tiene muchas cositas… como buen cuento. Y bajo una apariencia inocente bullen técnicas sofisticadas de narración. Empieza el cuento con quién parece el protagonista “sentado bajo el quicio de la puerta (como la canción de El Abuelo), pero también podría arrancar en la estación de Atocha, en el autobús, o en Peñalara. Hay agua desbordada, hay rojo pasión, idealismo, espejismos y mucha ensoñación… y el protagonista es:… hasta aquí puedo leer. Por cierto, lo he leído tres veces. La primera no me resultó reconocible la escritura conociendo a la escritora, y me rechino el exceso de canon. La segunda vez lo leí de un tirón saboreando “el aura” de las palabras y me dejé llevar por la esfera perfecta, por el mundo interior protegido por barrotes de los peligros carcelarios exteriores y me enredé en los rizos del agua de la laguna. En la tercera lectura, me embaucaron los cantos de sirena, pero escapé y volví a Ítaca tras diecinueve años de búsqueda, tres de conciencia y el corazón chorreando. Cosas de la adolescencia y sus contradicciones.
    Me gustaron las tres lecturas y disfruté en la segunda.
    Felicidades

  3. Una historia universal, atemporal, bien ambientada, con una tensión sostenida y proporcionada y, sobre todo, con un magnífico cierre. ¡Felicidades!

  4. Estoy buceando en mis recuerdos, buscando un beso, un sabor y un olor… Volver a los 19 años y al mundo que se abre a ti por primera vez.

  5. A beautifully evocative story with poetic qualities. It makes you want to read and read.

  6. Porque encuentras la palabra justa en cada momento,
    porque nos sitúas en los escenarios que propones y recreas maravillosamente su ambiente, porque sentimos la humedad, los olores, temperaturas y sentimientos,
    porque sufrimos, vibramos y reímos con el protagonista y, sobre todo,
    por habernos mantenido en vilo durante un buen rato (has conseguido que me preguntara si ella había muerto, si él se iba a suicidar, si iban a encontrarse, si estaba loco, si todo era un sueño y mil cosas más, todo en décimas de segundo)…

    muchísimas gracias

  7. Increíble manejo de la narración descriptiva. Utilizada desde una perspectiva subjetiva, consigue evocar emociones y sentimientos en el lector a través de los pequeños detalles del paisaje.
    Relato corto pero intenso, con un hilo ameno que permite identificarse rápidamente con los sentimientos del protagonista.
    Un gran relato, felicidades!!!

  8. Enhorabuena! Me pasaba lo mismo que a Joaquina, según leía surgían las preguntas. Quería saber las respuesta, pero a la vez, no quería que terminara.

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