ene 022014
 

Su diminuta habitación, lo había condenado a una vida sin nunca tener nada, con la única razón de que el vacío contrarrestara al pequeño espacio, haciéndole creer que habitaba un inmenso universo propio de cuatro paredes blancas y cien adoquines pulidos y perfectamente encajados entre sí. Sabía que si llenaba su habitación de objetos, cada vez resultaría menos espaciosa y, por consiguiente, mas diminuta. Fue ahí cuando se convenció de no tener nada, confundiéndose a sí mismo, creyendo que vivía en un enorme espacio, en un universo propio.

Todas las tardes, a los cuatro, dos hombres enmascarados lo retiraban de su perpetuo encerramiento feliz, y lo llevaban a un lugar en donde lo torturaban con preguntas agonizantes y en donde lo obligaban a comer junto con otros hombres iguales a él, pero diferentes.

Algunos, que robaban el pan de otros furtivamente, terminaban atragantándose del hambre de los menos poderosos, que emitían quejidos y protestas tan inentendibles que nadie les ponía atención, y terminaban por olvidarlos en las oscuras aguas de la memoria.

Termino por odiar al exterior de su universo. Se volvió tan violento que consiguió que lo encerraran de por vida en su habitación de paredes blancas y deslumbrantes que el mismo había pintado.

Su día transcurría entre gritos lejanos y pasos extraños que rondaban una puerta que nunca se hubiera podido abrir desde adentro. Su hurañes lo había vuelto tan hermético que no volvió a hablar, ni siquiera consigo mismo. Su rigidez de carácter lo volvió tan inquebrantable, que hubiera podido morir de inanición si los dos hombres enmascarados no lo hubieran obligado a embutirse cantidades bestiales de vida en el estómago.

Durante mucho tiempo dejo de parpadear por rebeldía. Fue ahí cuando cientos de corpúsculos brotaron de sus parpados y  cegaron día a día la luz de sus ojos hasta solo poder divisar un extenso nubarrón negro y denso.

Nunca más pudo volver a ver. Contando el número de pasos de pared a pared, intento por mucho tiempo guiarse de un lado a otro, pero fue imposible. Con la idea irracional de que habitaba un inmenso espacio, algunas veces creía contar cien pasos, cuando en realidad solo contaba cinco. Al final, comprendiendo que había enredado la extensión en donde vivía, termino por rendirse. Luego, comprendió que su percepción se había convertido en grandes charcos de incógnitas e incertidumbres que posiblemente terminarían por enloquecerlo.

Poco a poco, por la falta de movimiento, fue perdiendo la fuerza de su cuerpo y solo se quedó acostado en los adoquines pulidos y perfectamente encajados entre sí. Con los brazos extendidos, intentaba contabilizar el tiempo, sin una concreta noción del presente. Tal vez eso era lo que más extrañaba de la luz, porque ya no sabía si estaba despierto o dormido, pues no podía diferenciar el día de la noche, y la confusión lo hacía creer que estaba soñando, cuando estaba viviendo, y pensaba que estaba en el mundo real cuando estaba soñando,  y la mezcla lo llevaba a olvidar lo que de verdad había pasado y recordar lo que había soñado, o lo que soñaría dentro de tres días.

Fueron tantas las ganas de estabilizarse y poner orden en su mente que se levantó por última vez del frío suelo y vagó por muchas horas entre la neblina oscura y densa de su universo. Cuando por fin encontró una pared, se asombro extraordinariamente. No por conseguir su objetivo, sino porque el muro estaba hecho de una sustancia viscosa que al tacto hacia que sus manos se hundieran en ella. De pronto un olor desagradable broto de la pared inverosímil y de inmediato supo cuál era ese material extraño.

-Mierda – pensó, lleno de rabia y de asombro a la vez -. Estoy totalmente rodeado de mierda.

En ese momento, un destello de luz oscura cegó sus ojos y apareció de nuevo en el frio y rígido suelo que algún día fue de algún color que no recordaba.

Su cara permanecía sin gestos desde hacía tres años. Había empezado olvidar el pasado a gusto propio, pero no porque quisiera, sino porque el olor desagradable de las paredes había penetrado tan fuertemente en su carácter que decidió no recordar la vida que llevaba fuera de la habitación. Lo olvido todo: A sus padres, su fecha de nacimiento, sus hermanos, sus épocas felices, y entre otras, la palabra libertad.

Al final del auto borrado, solo dejo algunos recuerdos que pasaron desapercibidos por ser los menos  importantes para él.

Los gritos lejanos que escuchaba alrededor del día, se fueron haciendo más fuertes con el tiempo. Fue entonces cuando tapo sus oídos.  Todo quedo en silencio. Ese silencio que contrastaba con la vista eterna del nubarrón negro y denso que lo cubría todo, incluso a él.

Un enemigo constante fue el calendario, que nunca le hizo un favor. Siempre tan rápido, tan imparable, tan impertérrito que terminó por convertirlo en un maniquí con las manos en las orejas. Un día se sintió tan solo y olvidado que mordió uno de sus labios e intento ahogarse con su propia sangre. Fue inútil. El tiempo, además de la sangre, coagulo sus leves esperanzas de morir, y las escupió a ambas, totalmente solidificadas.

Todo quedaba a merced del tiempo. El frio y rígido suelo se había convertido en un lugar tranquilo y casi cálido. El olor antes espantoso de las paredes, había terminado por convertirse en la fragancia del día y de la noche, aunque nunca pudo volver a diferenciarlos.

Mientras el obstinado tiempo se empecinaba en convertirlo en polvo vivo, el resignadamente obedecía a los cambios que le diera el presente, como si la autoridad hacia su universo se hubiera esfumado el día en que casi pierde el alma bajo la impotencia, el mismo día en que descubrió que estaba rodeado de inverosímiles y olorosas imposibilidades  de salir.

Poco a poco fue adaptándose a los cambios que le daba su verdugo. Fue en esos días cuando deseo más la muerte: con largos monólogos interiores, exponía los motivos por los cuales su existencia era innecesaria. Y previendo que el tiempo no colaboraría, imploró por muchas semanas el fin de su vida, hasta descubrir que nadie lo escuchaba, y que hasta la muerte lo había desterrado de su infinita y recóndita memoria.

Un día, cuando su barba comenzaba a picarle, alguien entró a la habitación sin siquiera abrir la puerta. Sintió, en la vibración del suelo, a los cautelosos pasos que ese acercaba hacia él. No sabía quién era. Solo hasta que una mano delicada y bien cuidada toco su vientre en un movimiento sutil y fervoroso. Intentó vincular el calor de la mano con algún recuerdo lejano, pero fue imposible, pues casi todo lo había borrado. Pero al instante, sin saber cómo y mientras la mano tocaba su pecho, descubrió de quien se trataba.

Esta persona que en algún momento de su vida lo había hecho sentir cosas que no recordaba.

-Ella – pensó.

Pero no recordaba su rostro, el rostro de la que algún dia fue su concubina.

Anhelo tocarle la cara, para hacerse a la idea, pero sus acalambrados dedos habían quedado totalmente petrificados sobre las orejas por el largo tiempo en que no quizo escuchar. Se rindió al saber que no podía separarlas y solo se resignó a sentir el agradable tacto  de aquellas manos sutiles y bien cuidadas que, tal vez, algún día amo.

Cuando ella se sentó a su lado, supo de inmediato que se quedaría por mucho tiempo en su habitación y en su mente. Y así fue.

Aunque nunca mediaron palabra, ella siempre hacia lo que él quería que  le  hicieran: rascaba su barba, limpiaba su cuerpo, lo besaba, lo peinaba y, en ocasiones, lo tocaba en donde en mucho tiempo nadie lo había tocado.

En esos instantes felices comenzó a recobrar momentos de nostalgia que ella le había provocado mucho tiempo atrás. Mientras él le reclamaba, ella satisfacía sus deseos sin dar muestra de estar escuchándolo. Odio tanto el automatismo de su hembra que deseo que se marchara. Y así lo hizo. Pero luego, cuando se dio cuenta que había sido un error, imploro que nuevamente regresara, pero ella no atendió, porque ya no estaba al alcance de sus peticiones mentales. Lloro desconsoladamente y, mientras lo hacía, las lágrimas amarillas quemaban las cicatrices que le habían dejado los cientos de corpúsculos en la época en que la rigidez de carácter lo había dejado ciego. Las heridas provocaban más dolor y todo se volvió un círculo vicioso que lo dejo demacrado de por vida.

Nunca se había sentido tan solo. El olor de las paredes nunca fue tan fétido. Del dulce aroma de su autómata solo quedaba una estela de un color opaco, que dejaba un rastro triste que nunca podría seguir. Lo mismo pasó con las huellas de sus manos, que se difuminaron lentamente sobre su pecho y su vientre.

El suelo volvió a ser rígido y frio, la barba volvió a picarle, incluso se sentía más flaco y sucio que antes. Con cada semana que transcurría los pies se le helaban de impotencia y de rabia. Se arrepentía profundamente el no haberle pedido que se  lo llevara del encerramiento al que algún día quiso más que a nada. Intento amar al encierro para olvidarla a ella, pero fue en vano, porque no logro arrancarla de su mente. Solo hasta que sus sentimientos llegaron a tal punto del desuso, que se congelaron en un manantial cristalizado al igual que sus recuerdos. Pero paso mucho tiempo antes de esto. Mientras tanto, intento de todo para poder realizar un segundo auto borrado a su memoria, con incontables esfuerzos mentales que solo acarrearon jaquecas tan dolorosas que lo hacían recordarla aún más. Un día la depresión invadió su cuerpo. Creyó que el olor de las paredes  lo emanaba el mismo de su piel. Creyó que esta sustancia viscosa  y casi gelatinosa que lo encerraba y lo imperaba todo con su manto absurdo era él; creyó que el mismo era su propio obstáculo, y esto lo deprimió aún más.

Fueron sus días más agotadores, hasta que se rindió. Ya no tenía esa rigidez de carácter, esa que lo mantuvo firme en sus primeros años de vida y que desperdigo poco a poco ante los problemas. Decidió vivir con el dolor, sin usar sus sentimientos, conviviendo con una soledad perpetua y despellejante que junto con el tiempo formaban su más grande obstáculo hacia la paz de la muerte.

Cuando aún no congelaba sus sentimientos, una lluvia extraña se precipito sobre la habitación. Aunque era copiosa, en ningún momento inundo el aposento. Las gotas, al tocar su cuerpo o la superficie del suelo, se evaporaban sin motivo, como si no tuvieran nada que hacer en el suelo. Fue la última vez que arrojo sus esperanzas de conseguir la muerte, se declaró inmortal por gusto ajeno.

Odio a la naturaleza por ni siquiera ser capaz de ahogarlo y por evaporar sus posibilidades de muerte y redujo a Dios como alguien incapaz de cumplir los deseos del hombre sin convenir a los suyos. Odio a su mujer, odio al encierro y se odio a él mismo, por motivos que gritaba a los cuatro vientos en su propia mente.

Luego de muchas horas de alharaca, se sintió tan cansado que por primera vez en décadas pudo asegurar que había dormido. Lo hizo sin soñar, sin pensar, sin siquiera imaginar lo que añoraba o lo que no, lo que paso o lo que pasaría, lo que sentía o lo que sentiría; simplemente durmió.

Al despertar, se sintió tan frio, tan insensible y tan miserable que escudriño en lo más profundo de su alma, atravesando cuantiosos pantanos con recuerdos desfigurados, bosques hechos de cientos de árboles sin hojas, sin ramas, sin frutos y sin tallo; y negras montañas formadas de la misma materia viscosa y maloliente de la que estaban hechas las paredes de su habitación. Avanzo lentamente entre ríos congelados, después de una travesía que el mismo catalogo como una odisea. Al llegar al final de su aventura, con el hielo quemándole los pasos, pudo apreciar el bello espectáculo de la cascada helada con miles de agujas internas de diferentes colores, que emitían una solidez glacial tan reconfortante que se sintió feliz después de mucho tiempo. Eran sus sentimientos. Almacenados en una catarata rígida e impenetrable que los neutralizaba de forma total. Supo que no los volvería a usar, pero no se arrepintió.

Salió de aquel mundo interior y de nuevo apareció en su puesto de siempre, más complacido que nunca.

Fue ahí cuando la puerta que nunca se hubiera podido abrir desde adentro se derrumbó dejando entrar dos siluetas  con pasos retumbantes sobre la habitación de paredes amarillentas y algunos adoquines ásperos y ya desencajados entre sí. Eran grandes y fuertes. Tanto, que lograron separar sus petrificadas manos de las orejas y ponerlas en su sitio. Con un trapo limpiaron el polvo de las rodillas y lo subieron a una camilla. De ahí lo transportaron lentamente balbuceando palabras que él no lograba descifrar. Lo sacaron de la habitación y logro sentir el nuevo aroma que casi le quema la nariz. Cuando llevaban varios segundos de camino, logro entender lo que decían las siluetas:

-Dale señor el descanso eterno – suspiro una de ellas.

Entonces, recordando una remota clase con un padre posiblemente extinto, respondió para sí mismo y con una profunda sensación de satisfacción en su sonrisa:

-Y brille para ella la luz perpetua.

 

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